Los descifradores de laberintos (Día 37)

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Los laberintos son edificaciones grandes y, por lo general, un poco aterradoras. Tienen muchos pasadizos, están llenos de callejones sin salida y mientras se construyen por más tiempo, es aún más difícil encontrar la salida. Se cruzan, cortan, alargan, creando formas muy confusas y complicadas de entender. Suelen poseer paredes altas, así uno no puede orientarse por el paisaje exterior. Si, por ejemplo, alguien se adentrara en una de estas especiales construcciones y todo el tiempo que pasara en el interior viera los alrededores debido a muros bajos, podría fácilmente guiarse. Pero, por desgracia, no es así…

***

Hace muchos años, vivió un señor que tenía una empresa. Su gestión era de lo más extraña. Para él trabajaban hombres y mujeres de muchas edades y se llamaban a sí mismos, los “ descifradores de laberintos”. En aquella época, era extraño toparse con una persona rodeada por una de éstas edificaciones, pero sí las había. Por lo general vivían algo apartadas de la sociedad. Es decir, literalmente los demás debían recorrer un laberinto para reunirse con ellas, y la mayoría de las veces, no se conseguía llegar al final. Entonces entraban en acción estos valientes trabajadores.

Existió uno, en particular, al que se le asignó una misión de lo más peligrosa.

 Era la mujer más laberíntica que se hubiera conocido jamás. Hacía años que nadie la veía, y menos hablaba con ella. Se decía que vivía sola en el centro y que todas las paredes estaban recubiertas de enredaderas con espinas. Las criaturas más horrorosas hacían guardia y siempre se encontraban al acecho.

El guerrero, sin embargo, aceptó con gran dignidad la tarea que se le había encomendado. Se vistió con su armadura de acero, enfundó su espada y se puso su casco. En una bolsa de cuero, reunió algunos víveres y también su hilo de oro, muy importante en todo esto, pues con él, podría regresar fácilmente, si salía ileso.

Llegó el día de la partida y sus familiares y amigos lo despidieron con gran cordialidad. Solo cruzó las puertas de metal y pronto fue engullido por la oscuridad. Sacó el hilo de su bosa y lo ató con firmeza al picaporte negro.  Caminó varios pasos precisos, siempre con la vista al frente. A medida que avanzaba, iba desenrollando el hilo, que desprendida un tenue resplandor dorado y le dejaba ver en la negrura. Así, si debía irse, simplemente seguiría ese rastro

El primer obstáculo que se interpuso en su camino, fue combatir contra la planta que decoraba todas las paredes. Luchó furiosamente contra sus espinas. Se lastimó, retrocedió, pero enseguida volvió a la carga. Otra vez la planta lo atacó, e hizo que su casco saliera volando por los aires. Él continuó con su tarea, y al final pudo vencer a la planta. Ella, lastimada de gravedad, se desvaneció. Sin su intervención en todos lados, la luz del sol llegó a iluminar la parte alta de las paredes y el hombre ya no se encontró en la oscuridad. El laberinto de veía mucho menos aterrador; ahora se trataba sólo de paredes de piedra, completamente desnudas.

Decidió echarse a descansar por algunas horas. La pelea lo había agotado. Cuando despertó y miró el cielo, se dio cuenta de que ya estaba por anochecer. Gracias al color naranja del sol, las sombras se hacían mucho más nítidas. Y fue entonces cuando se percató de la presencia de bastantes objetos desperdigados por ahí. Antes no había sido capaz de verlos, pero ahora se notaban perfectamente.  Eran cosas simples, como zapatos y juguetes.

A medida que los revisaba, distinguió un maniquí, colocado justo en el medio del pasillo por el que había decidido andar. Lo observo interesado; nunca había visto uno de ellos. Le extrañó descubrir que la sombra que proyectaba no concordaba con su tamaño y de repente, mientras la miraba, esta se separó del viejo objeto y se abalanzó contra él.

A diferencia de su primera pelea, fue corta y rápida. Desenfundó su espada y atravesó a la sombra con ella.  Se trató una muerte rápida. Pero cuando quiso extraer el arma, no pudo. Estaba tan arremetida en esa cosa oscura, que fue incapaz de sacarla. Pensó en la mujer que todavía se encontraba en el medio de aquel extraño lugar y concluyó que lo mejor sería continuar.

Para defenderse, sólo le quedaba su armadura, y su cabeza estaba completamente expuesta. Giró dos veces a la izquierda y una a la derecha y se encontró caminando por un extenso pasillo. Al final, observó que era un punto donde terminaban varios caminos y supo que había llegado al centro. Un espacio circular muy grande, como si se tratara de un claro en el bosque. En el medio, de pie, se hallaba una mujer. 

A penas pisó aquella superficie, sintió que el aire se espesaba. Tanto que parecía agua. Le costó demasiado avanzar, cada segundo ella se veía más lejos, inalcanzable. La armadura apresaba todos sus músculos y era tan pesada que no podía continuar. Así que hubo de quitársela.

Cuando lo hizo, el aire volvió a la normalidad. La noche llegó a su fin y el sol brilló. La mujer lo miró con una sonrisa. Se acercó hasta ella. De todo lo que había traído, solo le quedaba la ropa y el hilo. Le dijo que venía a rescatarla y ella se lo agradeció de corazón, pues hacía mucho tiempo que se había quedado atrapada entre esas paredes. Le confesó que en un principio, las había levantado de buena gana, por voluntad propia, pero que ya no había podido parar. Y lo único que hacían era seguir creciendo, alejándola de todos. Del mundo.

Él le prometió que ya no tenía que angustiarse, pues estaba allí y tenía una forma de salir. Por lo que ambos se guiaron afuera con el hilo, a medida que lo enrollaban.

Ninguno reparó en el hecho de que, si hubiera aparecido a rescatarla con una armadura brillante, una espada y un casco con el que no se le vía la cabeza, la mujer se hubiera asustado, y no se habría ido con él. Pero encontrarlo tan así, pudiendo observarlo como en realidad era, con el rostro despejado, le otorgó un irremediable sentimiento de confianza. Y se sintió segura en sus manos.

Como si el laberinto que ella había retorcido y transformado, mientras se iba simplificando, causara el mismo efecto en él.

Angélica Koncurat. 

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